Madrid, crisol de mariquitas falsas

Madrid tiene la cruz de reunir, por su gran tamaño, una enorme piara de maricas falsas camufladas entre las marvillas de la Villa y Corte.

Frívolamente podemos destacar para distinguirlas, aunque no es una regla general , que con el calor se atreven a dejar sus piernas y pies al descubierto, con ese color amarillento, que ellos lucen como blanco, el de castellano con pureza de sangre hasta el quinto abuelo, como exigían las Chancillerías. Esos rostros narigudos procedentes de ciudades muy pequeñas, endogámicas, sin crecer en los últimos 20 años, pacatas, ancladas en todo. Ostentan esos rostros angulosos de gárgola como herencia goda, sin saber que esas narices son vestigios de judíos conversos.

Pero lo peor no es ese aspecto enfermizo que otorga la falta de buena vida, de sol y de playa. Lo peor es ese carácter altivo, educado en apariencia, pero insidioso y paternalista. Confunden la buena educación, pues la gente de bien ya da por hecho los saludos, las sonrisas, las gracias y los buenos días.

Esa invalidez perpetua para socializarse por creerse mejor que los demás; totalmente desprovistos de hospitalidad, porque probablemente en sus casas maternas no recibían ni visitas, por no gastar. Se definen por su carácter tacaño