Amistad gay, realidad o ficción

Quizás haya sido yo el gay más desafortunado en mis amistades gays hasta hace un par de años. Para que nadie se eche las manos a la cabeza diré que a día de hoy cuento con unos amigos extraordinarios y con nuevas adquisiciones dignas de mencionar, dos murcianos, uno morenazo súperligón y otro…ya os hablé de él, ese adolescente encerrado en el cuerpo de Hulk. Bueno, y en Madrid… algunos cayeron por su propio peso, pero los nuevos son… divinos y lo mejor, de verdad.

Yo soy más de amigos heteros, los de toda la vida, un grupo heterogéneo de hombres, de izquierdas, de derechas, católicos, ateos, a los que nos une el sentido del humor, 17 años de amistad y docenas de viviencias alegres y tristes que nos han hecho una piña. Y ya viene la segunda generación pisando fuerte, es decir, sus hijos.

El caso es que cuando empecé en estas lides de conocer chicos pasé por dos grupos de “amistades“, uno que sólo me quiso como novedad de veinteañero de familia bien y fácilmente impresionable; el otro, era un grupo de hienas con piel de zorras que tardé en reconocer.

Al final opté por pasar de los “grupos” y me centré en mi pareja durante 4 años… aunque esto no era recíproco, él sí hacía más que amigos. Al quitarme al susodicho “muerto” de encima decidí hacer una criba y sólo relacionarme con amigos “de verdad”, con los que me siento relajado, a los que cuento mis cosas y no me juzgan, con los que no tengo que disimular el michelín y con los que puedo ver amanecer al salir de un garito en cuanquier parte de la geografía patria.

Conclusión, que más de 3 gays en un grupo de amigos es ruina asegurada y que “mucha gente para la guerra es buena“.